Pop y música clásica: hacia una reconciliación

Publicado por Javier Blánquez para El Mundo el 18/09/2014

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En ninguna disciplina del arte se han construido más barreras entre el presente y su pasado ilustre como en la música. Generalizar sería incorrecto e injusto, pero en el pensamiento colectivo hace ya tiempo que está enquistada la idea de que el territorio de lo popular está al margen del de la música clásica -mal llamada ‘culta’; los clásicos fueron también populares, del mismo modo en que mucha música popular se puede elevar hasta cumbres extraordinariamente complejas-. Es más: pareciera que para cruzar de uno a otro lado hay que pedir permiso, pagar peaje e incluso vacunarse. O directamente no cruzar, que al otro lado del cordón sanitario se está muy a gusto.

Mientras en una librería no hay apenas distancia -y no hablaríamos sólo de la que se mide en metros- entre Cervantes y DeLillo, en la música parece que medie un abismo entre Mozart y Kanye West. Mientras el cine construye su identidad a partir de una línea histórica recta más allá de géneros y geografías, en música tendemos a ver muy lejanos lenguajes como el del barroco y el ‘techno’ abstracto, en realidad tremendamente próximos. Las barreras invisibles son de todo tipo: la música de los viejos contra la de los jóvenes, los ricos contra los pobres, la apropiada para ciertos cocientes intelectuales y la de la masa estúpida. Pero este cuento es como el del traje nuevo del emperador, y hay una realidad desnuda que nadie quiere ver.

Hace dos años, en una conversación con el crítico Alex Ross, autor del best-seller ‘El ruido eterno’ (Seix Barral, 2009), hablamos sobre si este muro existía realmente, y en caso de estar ahí qué lo hacía más alto e inquebrantable que el de ‘Juego de Tronos’. “En intervalos regulares, en los últimos 100 años los artistas de ambos lados de esta supuesta división han tratado de romperlo: Gershwin, Weill, Duke Ellington en su fase sinfónica, el gran movimiento minimalista en los 70. Cada generación, parece, ha tratado de construir un puente sobre este abismo una y otra vez”. A la vez, confesaba que no creía que se hubiera dado ningún progreso real porque “la gente tiene una idea limitada de lo que es la música clásica”.

La generación actual no es ajena a esa dinámica y se están dando en los últimos años nuevos intentos por conectar estas dos parcelas musicales que, igual que el título de la película de Wim Wenders, están tan lejos, tan cerca. Un exceso de entusiasmo podría llevar a pensar que el acercamiento es ahora más intenso y fructífero que en otras épocas -quizá por el mayor alcance que proporciona internet, acaso porque poco a poco se van erosionando ciertos prejuicios-: igual es esperar demasiado de un proceso que tiene que ser lento y muchas veces frustrante.

Pero si se observan los patrones de comportamiento en diferentes áreas, por ejemplo el implantado uso de la tecnología punta en las producciones de ópera, o el auge de una nueva hornada de intérpretes jóvenes que beben del barroco a la vez que picotean en el ‘glam’ o en la electrónica -el boom de los contratenores, con su cuidada estética chic y su androginia consciente, o el pianista Francesco Tristano, que un día toca Bach o Stravinsky y al otro pincha ‘techno’ de Detroit-, se pueden llamativos ‘bugs’ -por usar un léxico informático- en el sistema.

Lo más significativo, empero, no es el lento proceso de modernización del ‘establishment’ de la clásica, que quizá renueve peinados y vestuario aunque no repertorio, sino la entrada en juego de nuevos compositores que utilizan un lenguaje equidistante entre el modernismo del siglo XX -sus principales fuentes de inspiración serían el impresionismo francés, el minimalismo americano y la música sacra de Europa del Este- y la proximidad que caracteriza al pop. Hay variados matices, desde el autor de lenguaje rígido que decide componer canciones, como David Lang, al compositor joven -sea Nico Muhly, que alterna entre la misa y la psicodelia, entre el folk y la ópera-, o los nuevos fichajes de Deutsche Grammophon: Jonny Greenwood (guitarrista de Radiohead), Bryce Dessner (de la banda rock The National), Richard Reed Parry (el hombre orquesta de Arcade Fire).

Mientras por una parte se sostiene una construcción social, formada por intereses económicos de la industria y por una artificial división clasista, los límites entre lo culto y lo popular parecen hoy más porosos que nunca. El muro es de aire, pero resiste gracias al grosor obtuso del pensamiento colectivo a la vez que cada vez más compositores e intérpretes desprejuiciados cruzan su contrabando de un lado a otro gracias a festivales y un amplio público por ahora desconectado entre sí. Igual es pronto para esperar que se evapore la frontera, pero es importante negociar la paz de una vez. Va siendo hora.

 

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